EL DISCURSO

Trampa o paraíso

Sólo se trata de hacer goles…y ganar partidos.  Ése es el único secreto.

Así me recibía la dirigencia de Racing cuando –hace ya unos años y con motivo de un servicio de consultoría para el que me habían convocado- me preparaba para darle forma a mi propuesta de reorganización, luego del levantamiento de la quiebra que había sufrido el Club.  Una clara manera de advertirme que, aun cuando fuera necesario, no era suficiente diseñar un buen modelo de gestión para recoger la aprobación de socios o de hinchas “representados”.  También había que ofrecerles goles. O más precisamente, resultados.  Triunfos que  “le contaran” en directo a la gente la excelencia de la performance del equipo, desde los primeros puestos de la tabla de posiciones de cada torneo.  Un canal de comunicación inapelable y de efecto casi instantáneo, para transmitir evidencias de rendimiento indiscutibles.  Ningún misterio.

Que las cosas “estén bien hechas” (que la pelota entre, en este caso) pareciera ser, entonces, una de las condiciones insoslayables que, al menos en el universo del fútbol, sirven para asegurar una determinada percepción y valoración de una gestión exitosa por parte de un cierto público objetivo.

La comunicación allí se mide por el resultado, casi automáticamente.  Ya que las interpretaciones o comentarios ulteriores no serían, en rigor, técnicamente imprescindibles para perfeccionar la apreciación del hilo rojo del contenido del mensaje: tendrían más que ver, en todo caso y generalmente, con los juicios de valor acerca del “cómo” fue aquél conseguido.  Pero este nivel de inmediatez con la que un hecho se encarna en el significado mismo de un acto de comunicación, no opera del mismo modo en otros contextos.  Si bien el fútbol suele identificarse como una suerte de microcosmos capaz de sintetizar muchos aspectos o comportamientos propios de la vida de los individuos, la gran “conversación social” que éstos construyen en cada geografía del planeta no necesariamente “se juega” con las mismas pautas que reglamentan a ese deporte.  Por ejemplo, en relación con el mismo tema, si se observa el caso de los efectos que cualquier política de comunicación oficial produce cuando es aplicada –incluidas acciones y omisiones- a la narración de la gestión de la cosa pública.

Un acto de gobierno equivocado, desprolijo o incluso atravesado por alguna sospecha de corrupción, podría resultar aprobado o hasta aplaudido por la opinión pública, si el discurso que lo anunciara hubiera sido hábilmente construido y eficazmente transmitido con la intención de ocultar, distorsionar o engañar.  Y al revés: un acto de gobierno acertado, inteligente y que resolviera apropiadamente un problema social o una carencia ciudadana, podría pasar absolutamente desapercibido o, peor aun, ser desaprobado o criticado, si el discurso que lo anunciara no hubiera sido hábilmente construido o eficaz y oportunamente comunicado.  Nada nuevo.  Mientras Quintiliano definía a la retórica –una disciplina que reconoce sus orígenes ya en la Edad Antigua- como “el arte o ciencia del buen decir”, para algunos pensadores como Ateneo de Náucratis (autor de los 15 libros que integran “El banquete de los eruditos”), sería mejor identificarla como “el arte de engañar”.

Aunque Aristóteles, precisamente en su obra “La retórica”, se había ya referido a ella como “una herramienta para persuadir a grandes audiencias” y, en alianza con la dialéctica, debatir y resolver cuestiones de la práctica de las relaciones humanas, pero apelando al conocimiento y descartando la omisión o la manipulación.  Para él, son tres las condiciones que debería reunir un buen discurso, cualquiera fuera el auditorio al que estuviera dirigido: el logos, que tiene que ver con la argumentación (valores compartidos y proposiciones probables, con relaciones causa-efecto verificables), el pathos, que pone el acento en las emociones y en la psicología de los destinatarios (incluyendo el tono de voz y el contacto visual o lenguaje no verbal) y el ethos, que se ocupa de la credibilidad (apoyada en la historia del orador, en su competencia, en su integridad y su ejemplaridad).

 

Sin embargo, parece claro que cualquier discurso elaborado en base a estos tres pilares con el objeto de persuadir a grandes audiencias o construir consensos alrededor de determinadas iniciativas o proyectos o logros, estará fuertemente condicionado por la naturaleza ética del orador y por la calidad y el sentido último de sus verdaderas intenciones.  De él dependerá, entonces –asociado con la mayor o menor ingenuidad de quien escuche-, que su mensaje produzca en la audiencia una sensación de indiferencia, hartazgo, duda, adhesión, seguridad, confianza o entusiasmo.  De trampa o paraíso.   Cuando en el cine, Warren Beatty y Faye Dunaway daban vida, hace muchos años, a “Bonnie and Clyde”, ese par de ladrones y criminales despiadados asolando el oeste y el sur de Estados Unidos, pocos en sus butacas podían sustraerse al “encanto” de identificarse con estos delincuentes, cada vez que lograban volver a escapar de la policía.  Es más, cuando estaban ya a punto de ser capturados, la platea –casi abducida por un impulso emocional- lamentaba contenidamente esta amenaza, abandonando absolutamente cualquier intención de descalificar a los personajes desde la ética o el sentido común, y mucho menos desde una objetiva y elemental apelación a que, razonablemente, “se hiciera justicia”.

La historia contemporánea abunda en ejemplos de este tipo, con personajes –literalmente “encantadores”- que juegan a actuar y provocar estas complejas y extrañas identificaciones, a sabiendas de que, una vez logrado eso, sus actos (particularmente los potencialmente objetables o engañosos) comenzarán a pasar casi desapercibidos tras una recurrente nube de humo o de una fundamentación elusiva o distractiva y a quedar, a menudo, exentos de cualquier juicio crítico, a veces, hasta acabar sepultados en el olvido si eventualmente los responsables de hacer justicia real no llegaran a ocuparse de ellos.

De ahí la preocupación de Bertolt Brecht, uno de los más importantes dramaturgos contemporáneos, quien desarrolló su teoría del distanciamiento para procurar asegurar (mediante tácticas de intervención del discurso dramático) la percepción objetiva, inteligente y desapasionada, de las acciones e intenciones que integran una narración teatral y evitar así que el espectador quede condicionado por la obnubilación o distorsión que puede llegar a producirle el involucramiento emocional -“sin filtro”- con hechos y personajes que, como podrá inferirse, estarían en condiciones de mimetizarse con casi todos los campos del comportamiento humano y, en particular, por ejemplo, del que la sociedad le concede a los protagonistas de la vida pública de los países que viven en democracia.

De allí la importancia clave, estratégica e ineludible -para la construcción de consensos políticos sólidos y confiables- que los autores del mensaje público de gobiernos bienintencionados y profundamente comprometidos con sus representados, no subestimen ninguno de estos aspectos que, claramente, afectan y alteran los niveles de credibilidad, satisfacción y fidelización de los destinatarios de su gestión, especialmente de los más desprotegidos.  Son ellos quienes necesitan, además de las decisiones y hechos concretos (los goles) que sirvan para arrancarlos cuanto antes de la marginalidad o el desamparo, que se les hable en un idioma tan claro como sensible, didáctico, preciso y verdadero.  Sin eufemismos ni ambigüedades. Haciendo docencia. Todo el tiempo.  Precisamente porque  –a diferencia de la comunicación instantánea del resultado futbolístico- el discurso, en este caso, está dirigido, por un lado, generalmente, a desnudar falacias y desarmar chicanas de la estrategia obstructiva o a hasta tramposa del “equipo contrario” y, por el otro, en base a  evidencias y fundamentos sólidamente demostrables, construir expectativas confiables que den soporte al tiempo de esfuerzos necesarios para hacerlas realidad.

Ser muy concretos, sin tecnicismos ni vaguedades inasibles, con explicaciones simples para no iniciados, será la llave para evitar la defraudación de la que casi nunca resulta fácil volver.

Y será la empatía un valor imprescindible: ponerse en serio en los zapatos del otro, absolutamente en serio.  Es darle una respuesta justa y equitativa y ofrecer amparo y protección para “los pasajeros en tránsito”.  Es demostrar –una y otra vez- la ecuación de solidaridad con la que se pretende construir un futuro creíble y decididamente superador. Es administrar la esperanza de crecimiento con seriedad y capacidad de corrección de errores y desvíos.  Es gestionar con profesionalismo.  Es estar cerca, acompañar y contener.  Es corregir desequilibrios desde las más elementales y sustentables consignas de bienestar,  seguridad, salud, techo, nutrición, trabajo y educación.

Es comprometerse para –literalmente- superar las expectativas de los representados y hacérselos saber.

Puntualmente. Con un discurso inteligente, completo, firme, didáctico, empático, oportuno, confiable y convincente.  Hacer goles, sí.  Pero también saber contarlos, antes y después de hacerlos.

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